martes, 12 de marzo de 2019

El juicio de ZD: 4.La verdad, toda la verdad y algo más que la verdad


Por mucho empeño que haya puesto el presidente del tribunal en evitar las conjeturas y valoraciones que emiten los testigos de los hechos sobre los que declaran, a veces inducidas por intervenciones de las acusaciones, hemos podido comprobar, en ocasiones, cómo se traslucen juicios de valor que van más allá de los meros datos procedentes de la experiencia material del declarante. Confiar en la justicia implica suponer que el tribunal está dotado de la suficiente sapiencia para dilucidar en qué medida las percepciones “objetivas” de un testigo no están teñidas por ideas previas, convencimientos personales y  la tendencia a confirmar  que sucedió aquello que se esperaba que sucediera. No se trata de decir que mienten, como tampoco se trata de que las personas rechazadas para formar parte de un jurado en los Estados Unidos, por ejemplo, tengan intención de actuar injustamente, pero en este caso  todos conocemos el cuidado que se pone y la posibilidad de recusación de los candidatos a formar parte del jurado por diversas situaciones que tienen que ver con características personales, y vivencias, de los preseleccionados. En el caso que nos ocupa tenemos la ventaja de que las verdades experimentadas por un testigo pueden ser matizadas por otros y por la capacidad de raciocinio de los jueces, siendo más trascendente la objetividad de los que componen los jurados norteamericanos. Cuando un testigo se sale, con razonamientos y creencias, del dato, o cuando da el dato y añade un “pero” y una perorata que nadie le pidió nos está diciendo lo que para él significa y su esfuerzo porque confirme la conclusión a la que ya él ha llegado previamente.
Nuestras ideas, experiencias,  temperamento y expectativas no solamente nos hacen ver las cosas de una determinada forma; además pueden determinar nuestra conducta, abriendo unos caminos y cerrando otros, potenciando aquellos que confirman esas ideas y expectativas y los que son congruentes con nuestro carácter. Y un suceso que a una persona le puede despertar sorpresa, incertidumbre o incomodidad, a otra le da miedo. Lo que para una persona puede ser susceptible de mediación, otra lo puede considerar innegociable.
Muchas  partes implicadas en este juicio se encuentran sometidas a la influencia de unas emociones exacerbadas por un  patriotismo que forma parte de su divisa, por la presión de la opinión y cierto resquemor, no entraremos ahora a opinar sobre si  está  justificado o no, labrado durante décadas.
Todo lo anterior explica que en un testimonio se repita varias veces “tumulto” porque se sabe que es un elemento importante en la tipificación de los hechos; que de forma reiterativa, sin un solo olvido en el testigo, se apellide policía “judicial” a los antidisturbios cuando trataron de evitar el referéndum. ¿Es mentira? No. Los agentes cumplían una orden de una magistrada, pero esa insistencia inusual implica una intención. También las ideas preconcebidas llevan a trastocar fines y medios, como cuando alguien afirmó, poco antes del 1 de octubre, que “la magistrada no facilitó las cosas”. Porque las disposiciones del fiscal habían quedado sin efecto y parece que estas eran más eficaces para el objetivo. ¿Pero el objetivo no era cumplir el mandamiento judicial?
 Abundando: un testigo se descuelga diciendo “si se hace un estudio se comprobará cómo están organizados y cómo se movilizan (los independentistas)”. Dicho como si él supiera ya esas  circunstancias. Pero si no está hecho el estudio, ¿cómo lo sabe? ¿Y por qué no aporta los datos que justifican su afirmación? Este mismo testigo afirmó de unas movilizaciones que eran “aparentemente festivas”. Pues si con su cargo no puede demostrar lo que había detrás de la fiesta no sé quién lo va a hacer.
Muy curioso ha sido también escuchar a un testigo  quitar valor a unas imágenes para dárselo a otras, que supongo que le van más a sus tesis, y decir en plan advertencia “esas (las que le gustan) no salen en televisión”. Porque ya saben ustedes que las televisiones de España están a favor del soberanismo. Y a otro “no puedo demostrarlo, pero es evidente”. Pues vaya una evidencia, que no se puede demostrar.
Después de estos días nadie nos ha dado pistas sobre la razón por la que no se contemplaba en la orden judicial para impedir el referéndum la actuación en centros privados y, aunque ya se han bajado varios escalones en el mando de las fuerzas del orden, no sabemos que se haya abierto una investigación por la orfandad de armas largas en vehículos policiales rodeados de civiles, ni tampoco el criterio que se siguió para actuar en unos municipios y no en otros (tampoco lo sabe el coordinador del dispositivo). Pero sí nos hemos enterado de las circunstancias de algo a lo que se le dio mucha importancia, seguramente interesada: una  compra de armas para la policía autonómica catalana. Nos han informado de que los trámites seguidos y el protocolo realizado ha sido el habitual y el encargo era conocido y controlado por las fuerzas del Estado que tienen esa misión. Se desinfla la baza de los que la utilizaron para echar leña al fuego. También nos ha quedado claro que los supuestos seguimientos de la policía autonómica a Policía Nacional Y Guardia Civil, no eran tales, sino parte de incidencias semejantes a los que se realizan con ambulancias o bomberos y que en ningún caso se chequearon matrículas.
Otro botón: para darle más vigor al relato de una protesta, un testigo señala la presencia de encapuchados; se le dice que llovía, por lo que sería normal taparse la cabeza; se le pregunta si no serían embozados, cubriéndoles más la cara que la cabeza. No sabe.
Una gran parte de las sesiones han tenido por protagonista a la policía autonómica: se ha querido saber si de forma premeditada fue ineficaz para impedir el referéndum. Una circunstancia a la que se ha recurrido ha sido el número de efectivos. Y se ha traído a colación la declaración de un alto cargo de Interior, en un medio de comunicación, que decía que solo se podía haber impedido eficazmente con 90.000 agentes, lo que da idea de que ni la policía autonómica ni el resto de fuerzas del orden, con el 80% de los antidisturbios de toda España actuando en Cataluña, según se ha dicho en el juicio, habrían impedido la votación.
El tribunal dilucidará en qué grado todas las fuerzas del orden cumplieron el mandato judicial. Unas fuerzas del orden que eran un solo dispositivo, y no tres, como ha aclarado un testigo policía autonómico, pero que una parte, en un determinado momento, con tanto coordinador y tanto mando, decidió actuar por su cuenta, poniendo como respaldo el cumplimiento del auto de la magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y la renuencia de las fuerzas autonómicas. Y yo empiezo a pensar que la actuación de estas, que no era poca, fue la más inteligente.

viernes, 8 de marzo de 2019

8 de marzo, Tres Cantos (Madrid)

Bandera feminista

La voz de la conciencia

No se dejan vencer

Ni un paso atrás

Ni un solo ultraderechista

Pública y laica. Lo demás son cuentos y negocio

Tambores de lucha

El pueblo unido

domingo, 3 de marzo de 2019

El juicio de ZD: 3.Son cosas que pasan


El señor Rajoy lee los periódicos, digitales. Y es lo que hizo entre la declaración testifical de la señora Sáenz de Santamaría y la suya propia, que vino a continuación. Es lo que dijo para justificar su mención a palabras que se habían pronunciado horas antes, no muchas, en el interrogatorio de la anterior testigo. Porque los testigos no pueden hablar sobre el juicio ni conocer lo que se dijo en la sala antes de que declaren, según explicaron un abogado defensor  y el presidente del tribunal. Conocemos la norma; por eso la mención que reflejaba el conocimiento de lo acontecido esa mañana por parte del señor Rajoy nos puso en alerta como se ponen en alerta los felinos a la caza. Confieso que algo sospeché cuando ambos, expresidente y exvicepresidenta, en sus declaraciones, le restregaron por la cara a Cataluña que su calificación crediticia estuvo al nivel de “bono basura”. Casualidades. Después, el expresidente del Gobierno, al final de su intervención, bien clarito lo dijo: "como se ha dicho aquí esta mañana". Pero el señor Rajoy se explicó: “leo los periódicos, digitales”. Y aquí no ha pasado nada.
Bueno, no pasó nada con el asunto de las coincidencias, pero ha pasado mucho. Me gustaría hacerles llegar a ustedes mi estupor, mi desazón, al comprobar cómo políticos con altas responsabilidades de gobierno parecen enteradísimos, dueños de la situación y presumiendo de su capacidad de gestión de cualquier crisis y acontecimiento cuando se les interpela en el parlamento, cuando aparecen ante los medios de comunicación; y, sin embargo, al escarbar, al ponerles en la situación de testificar sobre el control que mantenían sobre los importantes acontecimientos sucedidos en Cataluña, sobre sus previsiones y disposiciones, aparecen estos gobernantes como barcos a la deriva al pairo de sucesos que escapan a su capacidad de decisión.  Sobrecoge pensar en manos de quién dejamos nuestro país.
Sobrecoge eso, y sobrecoge lo cargado de razón y  arrogante, que se le vio al señor Rajoy explicar que el recibir en el rostro una pelota de goma o sangrar por un porrazo en la cara es un riesgo que se corría por querer participar en el referéndum y que los responsables son los que no pararon el proceso. Simple.
Pero las cosas no son así de sencillas. Por un momento tuve una sensación de confusión. Me tuve que parar a pensar si no se habían cambiado las tornas; si Rajoy, si Sáenz de Santamaría, si  Zoido, eran los acusados. Sus testimonios estuvieron plagados de autojustificaciones y desconocimientos sobre operativos policiales y toma de decisiones, sobre los que versaron gran parte de las preguntas. Hay que reconocer que el exministro de Interior contestó de forma más pertinente, ajustándose más a la pregunta y sin los aires de superioridad que adoptó Sáenz de Santamaría, dispuesta a no contestar “Sí” o “No”, como si el hacerlo implicara rebajarse. ¿Se imaginan que sus respuestas empezaban con un admonitorio “Mire…” y luego venían “explicaciones” que parecían recitadas y preconcebidas, con la historia bien aprendida?  ¿Suelen los testigos dirigirse a los letrados en ese plan? Eché de menos algún comentario del presidente de la sala como a otros se les afearon sus interjecciones.
Los puntos fuertes a los que se agarran los acusados nos llevan a plantearnos debates que se han dado en otros tiempos y lugares: la desobediencia a leyes que se consideran injustas, aunque se den en países con sistemas de democracia homologada; la legitimidad de la desobediencia civil; la supremacía de la propia conciencia y moral sobre la legislación o sobre los mandatos de los tribunales, por ejemplo. Pensemos en una despenalización de un referéndum para el que no se tienen competencias, realizada hace años, y en cambios legislativos de última hora, en caliente, en paralelo a los acontecimientos de Cataluña. Pensemos en la sentencia de inconstitucionalidad de aquel  estatuto de autonomía fallido, ya refrendado,  y las dudas sobre una auténtica separación de poderes, en medio de una pertinaz campaña anticatalanista.
Hasta el momento no puedo dejar de sentir grandes dosis de admiración por la sociedad catalana. También este juicio está sirviendo para conocer mejor la capacidad de ese país para asociarse y defender su lengua y su cultura, con cientos de miles de personas participando en organizaciones sociales; con gran potencial de movilización pacífica que impresiona por su disciplina y organización.

lunes, 25 de febrero de 2019

El juicio de ZD: 2.Orden en la sala


Entre unos y otros están siendo destripadas  diversas circunstancias sobre la consulta del 1 de octubre en Cataluña; a destacar, por ejemplo, lo que  rodeó al dispositivo de cuerpos policiales enviado para evitar la votación. También están quedando sobre la mesa  los acontecimientos que se dieron en la concentración de personas en la vía pública  para protestar por un registro judicial en unas dependencias de la Generalitat.  A pesar de la prosopopeya que se gastan encopetados ministros y sus segundos y sus terceros; a pesar de sus frases rimbombantes, muchas veces aduladoras sin disimulo, sobre lo mucho que aman y se preocupan por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado,  no tenemos más remedio que concluir que el dispositivo enviado a Cataluña con el objetivo de reprimir la disposición de las autoridades autónomas y una parte importante de la población para organizar un  referéndum  y consumarlo resultó ser una chapuza descomunal. A raíz de una pregunta de la Fiscalía, que en ocasiones parece no haber meditado bien su actuación,  sobre la denegación de atraque en Palamós de un barco, rescatado como buque de trayectos de veinticuatro a cuarenta y ocho horas máximo, en el que viajaban de incógnito y se alojaron dotaciones policiales, hemos podido ver documentos y escuchar relatos que ponen de manifiesto improvisación e ignorancia de los trámites de rigor ante las autoridades costeras. Empezó mal el despliegue y acabó peor: todo el mundo, literal, pudo ver el mal uso de la fuerza pública, y todo para no poder impedir que la consulta se llevara a cabo.
Vamos descubriendo detalles que pueden parecer anecdóticos, pero si se analizan las vueltas y revueltas que utilizan las acusaciones de unos hechos concretos, da la impresión de que se quieren elevar a mayúsculos comportamientos que no parecen de especial trascendencia.  Después del interrogatorio de varios acusados, muy relevantes, se reducen a unas pocas situaciones las que se utilizan para incriminar a los interrogados. A saber: la concentración de miles de personas ante una dependencia de la Generalitat mientras se realizaban diligencias judiciales, con el objetivo de plantearse la calificación de los hechos como rebelión o sedición, para lo que es necesario identificar a los cabecillas y demostrar que suplantaron a alguna autoridad y tomaron decisiones que no les correspondían; el gasto que supuso el desarrollo del referéndum; la desobediencia a las disposiciones del Tribunal Constitucional y la responsabilidad de las movilizaciones ciudadanas. Para ello las acusaciones hacen referencia a documentos, unos asumidos por los acusados y otros no, intentando que esa inclusión del término “movilizaciones” se asocie con altercados y tumultos, utilizando para ello la expresión “choque de trenes”, cuyo significado era, en su momento,  el de conflicto institucional; e,inclusive, la alteración de la literalidad de una entrevista periodística a uno de los acusados. Porque las acusaciones no se limitan a interrogar; también entran en debate con los acusados, valorando de tal manera las respuestas de estos que muestran claramente prejuicios y predisposiciones por parte de dichas acusaciones. Esto ha supuesto intervenciones del presidente de la sala para que todos se ajusten  al momento y objetivos del interrogatorio. En este sentido, se pone de manifiesto la importancia de la acción del presidente del tribunal, siendo, hasta ahora, irreprochable.  La autorización de la sala para que fuesen expuestas  fotografías y vídeos nos permitió ver, entre otras cosas, el ambiente de normalidad de la dependencia oficial donde se estuvo realizando el registro que motivó la concentración de protesta; el pasillo abierto por los voluntarios para facilitar el acceso de personas, incluidas fuerzas del orden; la ausencia de tensión entre concentrados y policías, que aparecían sin ningún tipo de protección antidisturbios ante la puerta acristalada, intacta, de la consejería en cuestión;  y bastantes personas, parece que de medios de comunicación, tomando imágenes sobre el techo de un vehículo policial abandonado a su suerte.
Contrastan la trascendencia de los documentos que, hasta ahora, han mostrado las defensas (por ejemplo: registro de solicitudes de uso del puerto de Palamós, y dimensiones de este, así como diversas imágenes) con los aportados por las acusaciones y que utilizan para interrogar sin mostrar, hasta ahora, contundencia sobre la mayoría de las cuestiones, como “hojas de ruta” en las que se hace referencia a cargos y no a personas concretas, correos electrónicos  que no han mostrado que se contestasen, ni siquiera que se abriesen. Muchas vueltas a la financiación del referéndum, aunque no parece probable, de momento, que se pueda demostrar, condición imprescindible, que se utilizaron recursos públicos. Esperaremos a los próximos testimonios  para que se confirmen o no nuestras impresiones.


martes, 19 de febrero de 2019

El juicio de ZD: 1.Contando la película


Aldeabitácora ha conseguido la colaboración de ZD, el Zorro Desenmascarador, para realizar un seguimiento del juicio que comenzó recién en el Tribunal Supremo de España sobre el intento de secesión de Cataluña. No se trata de un serial periódico sobre las sesiones de la vista. ZD nos transmitirá sus pensamientos, opiniones y comentarios cuando lo considere necesario para que resplandezca la justicia y la verdad o cuando su reflexión signifique el fomento de la capacidad de discernimiento y la comprensión de la sociedad actual. Justicia y verdad: son las señas de identidad de este caballero andante del siglo XXI con unos ideales compartidos con Aldeabitácora.

Los ciudadanos que pueden seguir de primera mano, en directo, lo que se dice en el juicio que ha empezado en el Tribunal Supremo de España contra los acusados de intentar la independencia de Cataluña son dignos de felicitación. Es para recibir la enhorabuena si se tiene la  posibilidad de poder prescindir de titulares y resúmenes que, en ocasiones con intención y en ocasiones por prisa o impericia, nos darán una visión sesgada de lo que realmente ocurrió y se dijo. Nos podrían presentar como importante lo nimio e intrascendente, intentando que el lector, oyente o espectador, se forme una idea errónea del clima o de la actitud de los intervinientes; y, por supuesto, excluyendo del titular o del resumen circunstancias relevantes que tienen que ver directamente con los hechos juzgados. 
Falta mucho para alejar las viejas costumbres de manipulación informativa, por más que resulte del género tonto arriesgarse a hacer el ridículo con trucos de edición cuando tantas personas pueden conocer lo que sucede sin necesidad de que se lo cuenten y, además, comentarlo.  Por muchos riesgos que supongan las redes sociales, por mucho que nos adviertan de influencias procedentes de China o de Rusia para crear opinión y dirigir nuestras decisiones políticas, no cabe duda de que la posibilidad de conocer  sin intermediarios eleva la democracia a niveles superiores de calidad. Como nos han obligado a dudar de todo lo que se nos cuenta, a solo creer si metemos la mano en la herida del costado, con esto de las cuentas falsas que alguien envía desde las estepas de Siberia se llega a pensar si tratan de asustarnos exagerando la influencia de tales ciberataques: la manipulación de la manipulación.
Todavía, como reminiscencias de una decadente aristocracia cultural, se pueden encontrar gentes que abogan por las clases dirigentes, por los líderes, por los “imprescindibles”  entendidos que dirán a la gente lo que les conviene y lo que deben pensar. Cuando se tilda a alguien, a una actitud, a un movimiento, de populista, en el sentido en que se utiliza en la actualidad, se está demostrando un talante profundamente antidemocrático, aparte de indicar una necesidad de creerse superior. ¿Existe algo más populista que confiar el destino de pueblos y naciones a la decisión que toman los ciudadanos al depositar su voto en la urna? Ciudadanos con distintos niveles de conocimiento, de experiencias, de habilidades intelectuales, de capacidad de comprensión de mensajes políticos, de altruismo, de intereses económicos, etc., toman decisiones y condicionan la vida de sus semejantes. A los que no se les cae de la boca el casi insulto “populista” les gustaría, en el fondo, volver a restringir la capacidad de decisión para entregarla a ciertos grupos considerados superiores.
Lo que pude ver en el juicio a los líderes del independentismo catalán fue un aviso, una advertencia del presidente del tribunal para que no se volviera a producir la carcajada que a alguien se le escapó, seguramente producto de la tensión o del nerviosismo,  sin que el interrogado diera pie a tal jocosidad. Esto se elevó a la importancia de titular en  el que se decía que el presidente “amenazó” con desalojar, para dar la impresión, seguramente, de que no se tomaba al tribunal en serio. Por eso esos titulares no utilizaron “avisó” ni “advirtió”. Nada más lejos de la realidad: los interrogados, intervinientes y público mostraron una actitud absolutamente respetuosa.
También he comprobado cómo no se ha destacado suficientemente la calificación que Forn hizo de la versión de uno de los fiscales referente a la salida de componentes de la comisión judicial del edificio público rodeado por manifestantes. Lo que para el fiscal era “una salida por los tejados”, imagínense la situación, el procesado aclaró que se trató de superar un pequeño muro de algo más de un metro, y no pudo evitar decir que en la Fiscalía mostraban los hechos de forma “peliculera”. Demoledor.
Forn contestó con rotundidad, por derecho, sin subterfugios ni evasivas sobre lo que fue y lo que no pasó, lo que sabía y lo que le era desconocido, con argumentos convincentes y sin amilanarse ante un fiscal empeñado en negarse a sí mismo lo que acababa de decir. Un fiscal que, lejos de lo que cabía esperar, utilizó algunos argumentos de base jurídica y política bastante simples y poco elaborados en la jornada previa al comienzo de los interrogatorios: “Segovia no es de los segovianos ni Zaragoza de los zaragozanos”, dijo como ejemplo de ilegitimidad del supuesto derecho de audeterminación de los catalanes. Sobre ese “es” habría mucho que decir, aunque solo sea desde el punto de vista filosófico. Si decimos “es de” todo se aclara mucho más porque ese “de” lo hemos aprendido de maravilla, desde niños. ¿De quién es Segovia? Segovia es Patrimonio de la Humanidad. Me van a perdonar la demagogia, pero quizá nos ayude a reflexionar: Segovia no es de los segovianos, pero pazos, latifundios y fortunas crecidas al calor del mando de un estado dictatorial surgido de una rebelión contra un poder democrático tras una cruenta guerra civil seguida de represión, de la que no se privaban de fusilar, sí “son de”. Segovia y Zaragoza son de todos los españoles; para otras cosas no somos tan comunistas .Un fiscal afirmando como ciertos hechos sobre vehículos policiales dañados y llamadas telefónicas realizadas, y un acusado desmontando con facilidad esos argumentos. No sé si cargar las tintas de esa manera por parte de la Fiscalía para justificar su calificación de los hechos es procedente. Podrá convencer al tribunal, pero a mí no me ha convencido.
Junqueras: contestó, a placer,  a las acusaciones sin escucharlas, nos privó de un toma y daca tan interesante como el del interrogatorio de su compañero Forn. Volvimos a escuchar los argumentos del independentismo catalán y su talante  no violento y recalcó el carácter  pacífico de sus discursos y escritos. Hasta se calificó de buena persona, con lo que entró en el terreno de buenos y malos del que, supongo, el tribunal saldrá echando chispas. Tuve la misma sensación que cuando el  expresidente del gobierno que apoyó la guerra en Irak nos espetó “créanme” al no poder encontrar más razones que su credibilidad y su buena voluntad.



miércoles, 29 de noviembre de 2017

ZD contra la telebasura

El Zorro Desenmascarador es un personaje que deambula por pueblos y ciudades, como un héroe de tebeo, sacando a la luz supercherías, pinchando burbujas hinchadas a base de palabrería, luchando contra las versiones interesadas y contra todo aquello que impide el verdadero progreso y la justicia. Aldeabitácora ha mantenido un encuentro con ZD y le ha formulado una serie de preguntas, en animada charla, a este “caballero andante”. Esperamos que la entrevista sea del interés de los lectores.
(Aldeabitácora se responsabiliza de las opiniones de sus colaboradores y entrevistados y las  comparte totalmente.)  

Acaba usted, ZD, de promover una organización, la PEBEP. ¿Qué es PEBEP? Es la Plataforma para la Eliminación de la Basura en los Entes Públicos. En el breve tiempo que llevamos en marcha ya se han adherido cerca de cincuenta instituciones, siendo las primeras que se unieron la Asociación de Afectados por el Rancio Periodismo, el Grupo en Defensa de la Dignidad de la Persona, la Fundación Basura no es Cultura, la Asociación San Bartolomé, el ente Los Vigilantes de los Recursos Públicos y la Agrupación +Nivel, que como sabéis pretende situar a España entre los cinco países del mundo  más avanzados en ética, cultura y responsabilidad social.

¿Qué le movió a crear la plataforma?  Fue una bofetada, en sentido figurado, pero me llegó al alma. Hombre, uno siempre oye cosas respecto al funcionamiento de la televisión, pero cuando lo ves con tus propios ojos, la indignación es tanta que te obliga a actuar.

¿Qué fue lo que precipitó su decisión? Debo ser uno de los primeros afectados por la gripe este año y cuando estás así no tienes ganas de leer  y yo soy de los que para estar en la cama después de salir el sol me tienen que atar. Me tomé un antipirético, me enrollé en una manta y encendí el televisor del salón y quiso la casualidad que me tropezara con un programa matinal que me dejó completamente indignado.

¿Por qué se indignó tanto? Por el hecho de que la televisión pública destine recursos a lo que se ha venido llamando telebasura.  Esto debería hacer reflexionar  a muchos profesionales de los medios, a la sociedad en su conjunto y a los políticos que lo permiten.

Explíquenos, por favor, qué es para ZD la telebasura.  El trozo de programa que soporté, y que tuve que dejar de ver porque la indignación amenazaba con anular el efecto del medicamento que mantenía la fiebre controlada, sería el paradigma de ese concepto. Nunca me han parecido bien las tertulias relacionadas con hechos que podían entrar en la sección clásica de sucesos, especialmente si la investigación judicial está en marcha. Una cosa es informar de un crimen, de la marcha de las pesquisas, de si a las víctimas las han encontrado en un agujero tapado con hormigón, por ejemplo, y otra muy distinta es utilizar esos lamentables sucesos para especular, para utilizar el suceso como cebo al espectador a base de opiniones cuyo valor es escaso. Pero en fin, amarillismo siempre ha habido y puede ser que a alguien le entretenga; si se consumen este tipo de productos se ejerce la misma libertad que cuando se consume comida-basura. Lo que hay que plantearse es si es adecuado mantener ese tipo de programas en la televisión pública.

Pero eso no parece que justifique tanta indignación como usted experimentó. Es que eso no fue lo peor. En ese programa de La 1 mostraron las imágenes de un ciudadano en paseo nocturno con una mujer, recalcando la diferencia de edad, las de otra mujer que se unió a los anteriores para entrar en un local, y queriendo hacer ver, en el reportaje, que lo que podía ser recolocar una bufanda o el cuello del abrigo (en el fondo me da igual lo que fuese) y cierta proximidad física eran demostraciones “cariñosas”, siendo cuestión de comentario posterior la forma en que la verdadera novia del ciudadano, joven también, que estaba ausente, se tomaría la situación. Pero hay más: al ciudadano en cuestión se le localiza en un aeropuerto y, como acuden las moscas a la miel, allí aparece el ilustre periodismo para preguntarle por las “interesantes” imágenes. Y a partir de aquí se pasa del clásico amarillismo a la burda manipulación y el reportaje consiste en intentar dejar mal al ciudadano, puesto que se había quejado de la “información”, mostrando otras ocasiones en que había cuestionado ese tipo de periodismo. Tan burdo era el montaje que, en ocasiones, se podía ver al ciudadano moviendo los labios pero sin poder escuchar el sonido. Solo mostraban aquello que podía interesar al objetivo del reportaje, dejar mal al famoso. Y encima, en un alarde de falta de profesionalidad y de estilo (moneda corriente en algunos periodistas que se creen por encima de todo el  mundo), la periodista se permite encararse con el ciudadano, que ejercía su derecho a mostrar desagrado. No me parece lícito ni moral que la televisión pública gaste dinero en ser telebasura ni en reportajes de tan ínfima calidad ni en las consiguientes tertulias. Los medios de titularidad pública deben ser muy escrupulosos para no ser correas de transmisión de cierto tipo de periodismo.

¿Tienen sentido los medios públicos hoy en día? Pues con este tipo de contenidos nos lo deberíamos plantear. Recuerdo el revuelo en el mundillo que se montó con la eliminación de la televisión pública valenciana. Porque una cosa es la teoría y otra la forma en que utilizan esos medios públicos las fuerzas vivas. En lugar de verdaderos planteamientos de servicio a la sociedad, en ocasiones se pretenden mantener por motivos específicos de la profesión, aunque luego se acuse a la televisión catalana de partidista, a la madrileña de penosa, a la andaluza de  sostener los tópicos, etc. No veo inconveniente en que la sociedad mantenga medios públicos, pero deben dar un plus y no limitarse a sobrevivir imitando a las empresas privadas. Los medios públicos no deben existir para presumir que se tienen, deben aportar algo más, todo lo que, lo mismo que en educación y en sanidad, no puede aportar un negocio: aquello en lo que nadie invertiría, pero que es beneficioso para la convivencia, la justicia, la solidaridad, la participación ciudadana, el conocimiento, la cultura, el rigor, los derechos de las personas, etc.

Pero, quizá, para sobrevivir necesiten recursos que tendrán en función de la audiencia. No cabe duda de que deberán luchar por la audiencia, incluso como motivación profesional es bueno, pero sin competir de mala manera manteniendo  una revista de cotilleos. Dudo mucho que la audiencia del programa que me indignó reporte muchos recursos a la televisión pública. No se trata de emitir cualquier cosa para rellenar. Para eso que pongan documentales sobre las víctimas del franquismo o, simplemente, que no emitan de diez de la mañana a dos de la tarde. Insisto: los medios públicos deben ser algo más, ¿qué aportó el reportaje sobre esa persona “famosísima”? ¿Para eso tenemos televisión pública?

¿Pero no dan lo que la sociedad demanda? Sobre eso habría mucho que decir. ¿En qué quedamos? ¿Las sociedades tienen los medios que se merecen o son los medios los que crean los  estados de opinión y forman a las personas? Porque lo que no está bien es agarrarse a una u otra postura en función de los intereses del momento. A mí nadie me ha preguntado, como ciudadano, cuáles son los contenidos que me interesan. Me limité a elegir a unos políticos que tampoco hablan mucho de contenidos en los medios públicos. Si los medios son tan influyentes, si tienen tanto poder, ¿por qué no entran en el juego democrático y decidimos de verdad lo que queremos hacer con los contenidos de la televisión pública? Y si debe ser un sector al margen de la opinión ciudadana, porque son un oráculo de lo que nos conviene, no se negará que programas como el que vi enfermo tienen de formativo lo que yo de cura.

¿Cómo se pagan, entonces, los medios públicos? Según su criterio no es correcto que promocionen revistas del “corazón” ni las que fomentan esa costumbre de la caza por placer. Si realmente la sociedad considera que los medios públicos son necesarios, como se pagan las embajadas, al ejército, a los diputados o al secretario de un ayuntamiento: entre todos. Si los intereses de verdadero progreso no se van a cumplir y se dedican a sobrevivir constituyéndose en un fin en sí mismos, es mejor cerrarlos y dedicar los recursos a otras necesidades, que hay gente que tiene muchas.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Divino, humano

 Aldeabitácora, con la colaboración de Pepe Dintel, ha entrevistado al pensador suizo, mundialmente reconocido, Giulio A. Rousseau. 

La mañana, como casi todas últimamente, es luminosa, y, gracias a ese vientecillo escoba que de cuando en cuando aparece en la ciudad, el cielo está limpio y con ese color que antaño era signo de la salubridad de la capital. A la plaza de Murillo apenas llega un poco de ese sol que hace unos meses se elevaba firme y riguroso por encima de árboles y edificios. El almez amarillea y pronto cederá el protagonismo a los majestuosos cedros, siempre verdes, siempre dispuestos, como guardianes del museo, impertérritos ante el paso del tiempo y los avatares humanos. La cita es en la puerta del invernadero, así que nada más entrar en el Jardín Botánico enfilo el primer camino que se dirige a la izquierda.
 Ya me espera. Le he podido divisar al sobrepasar la caseta donde guardan  aperos de jardinería. Destacan su elevada estatura, la frente despejada, que reluciría al sol si no estuviera en la umbría, y la oscuridad del rostro motivada por una barba ni corta ni larga, según comprobé cuando estuve lo suficientemente cerca. En el momento en el que me reconoció, sacó las manos del  chaquetón de paño negro, en el que destacan cuatro botones frontales, y se aprestó a saludarme. Antes del encuentro recordé la importancia que él da a lo que las manos expresan. Por eso le incomoda que se oculten las manos y no duda en criticar a los que te hablan con las manos en los bolsillos. Dice, aunque sospecho que puede ser una  manía, que hablar con las manos en los bolsillos indica desprecio y posibilidad de traición. La primera vez que le escuché esta afirmación me acordé de aquella canción en la que las manos están dentro del gabán, con una navaja, por lo que pueda pasar.
Buscamos un banco tranquilo, donde nos pudiera llegar algo de sol,  y lo encontramos junto al parterre donde florecen los lirios al comienzo de la primavera. Hablamos en castellano, que domina a la perfección, teñido suavemente de italiano.

—     ¿Por qué en el Jardín Botánico? —comienzo.
—     Oh, es un lugar que no dejo de visitar cuando vengo a Madrid. Soy un entusiasta de los jardines botánicos. He visitado muchos en el mundo y, por supuesto, soy asiduo de todos los de Europa. Me parece mucho mejor que una redacción, un estudio o una cafetería.
—     ¿Cómo se lleva tener un antepasado tan ilustre? ¿Qué queda de su filosofía en tu forma de pensar?
—     Dedicarme al pensamiento y llevar ese apellido es una gran responsabilidad. Pero no me agobio; yo pasaré y J.J.  quedará. Es posible que yo no vea al ser humano como algo tan bondadoso por naturaleza, pero lo que es cierto es que la complejidad en la organización social no nos lleva a nada bueno. La aspiración sin freno al confort de ciertas sociedades solo es posible si existe una supremacía de unos sobre otros, si existe una explotación, en el peor sentido de la palabra, de unos grupos humanos sobre otros y  una explotación del medio natural. Esa necesidad de supremacía de algunos grupos sobre otras personas, sobre los animales y sobre el conjunto de la naturaleza es el origen de los conflictos. Si es cierto que los humanos son seres sociales, gregarios, no deberíamos haber pasado de la pequeña tribu. Estas acumulaciones de millones de individuos, todos consumiendo alimentos, energía, agua, espacio vital y generando cantidades ingentes de residuos, fruto de nuestra naturaleza animal y de la tecnología, no tiene parangón en animales de nuestro tamaño y complejidad. Vamos derechos al abismo.
—     Eres pesimista.
—     Es posible que sea lo que se necesite. Un cataclismo que termine con estas aglomeraciones de individuos, más propias de seres microscópicos o de insectos. Lo peor  sería que nos llevásemos por delante otras especies que no han participado de nuestra locura.

Mientras pienso en la siguiente pregunta soy consciente  del reclamo de un carbonero que parece moverse, casi frenético, entre las ramas de un pino y del sonido que produce el rastrillo del empleado acumulando las hojas caídas en el camino que tenemos a la espalda.

—     Has mencionado el pensamiento de J.J. Un aspecto de su filosofía, sobre la educación, quedó reflejado en su “Emilio”, un tratado en el que mostraba la diferencia entre la educación formativa y la informadora, entre otras cosas.  Por llevarte a la actualidad, y teniendo en cuenta que eres un gran hispanista, ¿qué opinas  sobre la intención de formar en el patriotismo a los educandos?
—     Como dijo J.J., en educación lo que vale para un país puede que no sirva para otro. La intención formadora en valores patrióticos no tiene por qué ser negativa, pero esa intención surgida como reacción a una supuesta desafección hacia lo español en determinados territorios no es oportuna. España es un viejo estado y no necesitaría, en principio, exacerbar los valores nacionales identificativos como lo haría uno nuevo. El orgullo de un país no debe estar basado en unos colores, en un himno, ni siquiera en “hazañas” (pon comillas) coloniales de gentes que vivieron hace siglos. De lo que sí se puede presumir es de la capacidad para superar  conflictos, de su solidaridad, de sus aportaciones a un progreso bien entendido,  y a la paz mundial. Si se está convencido de los valores democráticos se puede tratar en el ámbito educativo todo lo que tenga que ver con los derechos de las personas y cómo ejercerlos con responsabilidad, cómo participar activamente en la sociedad y, por supuesto, el funcionamiento del sistema. En ese sentido, vuestra Educación para la Ciudadanía, era una opción oportuna y consecuente con los que se creen eso de los valores democráticos, como consecuente fue su eliminación por los que aceptan a regañadientes esos valores. Todo habría que hacerlo fomentado la crítica, que es la única manera de avanzar. Porque no me negarás que el sistema, democrático y todo, es imperfecto. No nos podemos conformar.
—     No lo niego.
—     Reconozco que no son situaciones comparables, porque ahora partís de un sistema con la homologación de democrático, pero más énfasis que puso Franco en exaltar los valores nacionales es difícil de encontrar  y aun así resultaron generaciones, a nivel popular,  muy poco afectas a ese tipo de nacionalismo, y eso que tenían una nula información de lo que era la democracia. Es una reacción lógica a la imposición y al empacho de misiones universales, imperio y parafernalia patriótica.
—     Hablando de Franco. Después de todo ese tiempo, ¿cómo ves que se utilice "franquismo" o "fascista" para calificar decisiones u opiniones que tienen que ver con la situación en Cataluña?

Desde hace un rato merodea por el seto que tenemos a unos metros un petirrojo. Es uno de esos ejemplares atrevidos, y ahora, convencido de que somos inofensivos, se sitúa casi bajo nuestros pies y apreciamos a la perfección el inflamado color del pecho y la garganta. Se podría decir que nos sostiene la mirada, como si echara de menos algún tipo de comunicación. No dura mucho el mutuo interés. Por el camino perpendicular al parterre se acerca parloteando un grupo de infantes  armados de bolis y libretas y custodiados por su maestro y un monitor. Demasiado jaleo para el pájaro. Lejos los niños, continuamos  la conversación.

—     La alusión al fascismo y a Franco es una manera de simplificar el mensaje, de popularizarlo, agitando un espantajo que conmueva, como es la alusión a una ideología que devastó Europa y a un personaje histórico despreciado, en general. Comprende que el recurso a la emoción, en este caso con visos de histeria en los principales protagonistas, es muy socorrido cuando falla la razón y la lógica.
—     Pero no parece que el fantasma del dictador termine de abandonarnos en ciertas posturas políticas.
—     Y parte de culpa, amigo Pepe, la tiene España. No se ha puesto en su sitio al régimen falangista: megalómanos monumentos que son homenajes, rendición de honores, aunque sean de pasada o de tapadillo, como decís vosotros, a militares sublevados, por decisivas que fuesen sus hazañas previas a la rebelión, trato indigno a víctimas y represaliados, contemporización con recuerdos en el espacio público, instituciones que tienen como fin la exaltación de la figura del dictador, etc.
—     Pero en democracia se pueden cometer abusos por parte del poder.
—     Por supuesto, y hay que denunciarlo y perseguirlo, pero España no es un estado fascista ni franquista, por más que haya personas a las que les gustaría que así lo fuera  por nostalgia autoritaria, u otras que pretender convencer de que lo es para  justificar su enfrentamiento con el Estado. Resulta curioso comprobar el fervor constitucional que muestran algunas personas que no reconocen debidamente que Franco se rebeló contra un Estado en cuya Constitución se supeditaba a los militares bajo el poder civil. Tan respetable, al menos, era la Constitución de la II República como la actual, por muchos millones de personas que en España dieran gracias al cielo por la intervención militar.
—     ¿Quién ha dado un golpe de estado en España? —le pregunto.
—     ¿Me vas a examinar de Historia de España? ¿Golpes? ¿Desde cuándo? (Reímos.) Hablando de memoria, te cito algunos, Fernando VII, Pavía, Primo de Rivera, Sanjurjo, Franco con un montón de generales más, Tejero y sus colaboradores…
—     ¿Y Puigdemont?
—     Desde luego, Rajoy no. Entiendo que el Gobierno ha actuado bajo el amparo de una norma constitucional que le permite medidas excepcionales para atajar la vulneración de la Constitución, la extralimitación de las competencias en los poderes ejecutivo y legislativo. Verás, un momento decisivo de toda esta situación se produjo cuando la administración catalana quedó intervenida y todos estábamos expectantes ante la actitud que tomarían los mandos de la Policía y los funcionarios. ¿Sabes qué me vino a la mente horas antes?
—     No.
—     1936. Un jefe de puesto de la Guardia Civil en un pueblo de Cataluña acuciado por unos cuantos simpatizantes de los sublevados para que se sumara al golpe. Una decisión entre acatar el orden constitucional o adherirse a una sublevación contra esa Constitución.  Si los actos del gobierno autonómico no son un golpe de Estado se parece bastante. Y minimizar la importancia del  pulso al Estado es equivocado, especialmente si se mantiene ese pulso. Es curioso que los que califican al estado español de franquista me hayan evocado precisamente a los sublevados contra la República. No por sus recursos, que difieren abismalmente, por intentar sustituir un orden constitucional por otro sin tener derecho a ello.

El madroño que tenemos a nuestra izquierda ya no nos deja que nos caliente el sol. Le propongo seguir charlando al mismo tiempo que caminamos. Mira el reloj y tuerce un poco el gesto. Me concede algo más de tiempo.

—     Los suizos no tenéis esos problemas.
—     Los tuvimos y muchos se resolvieron por la fuerza de las armas. También se recurrió a la guerra y a la dominación, no creas que hemos sido siempre tan pacíficos. Pero de eso hace muchos siglos. Pero no se debe olvidar que Suiza es lo que es porque las demás naciones así lo quisieron. Nunca faltan los problemas. Veo mi país encerrado en sí mismo. Y llegará un momento en el que, de la misma manera que no se pudo seguir viviendo exclusivamente de hacer relojes, el sistema económico, que no es imperecedero, se desmorone por la fuerza de los hechos. Ya te he dicho que la forma de vida capitalista es insostenible y además es injusta. ¿Pero a quién le importa la justicia? La verdadera justicia.

Al pasear, nos salen al encuentro de los ojos los arbustos, el verde de las coníferas y los tonos, entre amarillos y dorados, de los árboles que se preparan para un invierno que, sospecho, no será demasiado crudo. Sin ponernos de acuerdo, como si nos hubiéramos dado cuenta de que deberíamos aprovechar mejor lo que nos ofrece el paseo por el jardín, hablamos del otoño, de las hojas muertas, de los olmos y de la belleza de cipreses y sequoias.  El tiempo se termina. Él se marchará  y yo me quedaré para ver una exposición en uno de los pabellones. Junto a la tapia de la cuesta de Moyano nos despedimos y durante unos minutos permanezco quieto viendo como se aleja por el camino, buscando la salida.